El Vaticano ha iniciado este martes una de sus ceremonias más solemnes: el Cónclave. A puerta cerrada, 133 cardenales se han reunido en la Capilla Sixtina para deliberar y votar por el próximo líder de la Iglesia Católica, tras el fallecimiento del papa Francisco, ocurrido el pasado 21 de abril.
Durante esta etapa de aislamiento absoluto, los cardenales viven bajo estrictas normas de confidencialidad y desconexión total con el mundo exterior. Uno de los aspectos más cuidados durante esta reclusión es su alimentación, organizada con discreción y precisión.
La preparación de los alimentos se lleva a cabo en una cocina especialmente habilitada dentro del recinto vaticano. Todo el personal, tanto cocineros como meseros, ha sido elegido con sumo cuidado, algunos de ellos ya con experiencia en servicios al Vaticano, y otros provenientes de instituciones de confianza. Todos ellos han firmado acuerdos de confidencialidad, garantizando la privacidad del proceso y de los comensales, conocidos como los «príncipes de la Iglesia».
En cuanto al menú, predomina la sencillez y la tradición. El desayuno es austero: café o té, pan y mermelada. El almuerzo y la cena incluyen platillos inspirados en la cocina italiana, como risottos, pastas, pescados al horno, carnes ligeras, vegetales asados y fruta fresca. La cena suele ser más ligera que la comida del mediodía.
También se tiene especial cuidado en respetar las necesidades alimentarias de cada cardenal. Se consideran alergias, intolerancias y requerimientos médicos al momento de definir los platillos.
Sin embargo, algunos alimentos están expresamente prohibidos: por razones de seguridad, se excluyen aves enteras, empanadas, tartas y otros productos que podrían ser utilizados para ocultar mensajes o interferir en la integridad del proceso.
Así, mientras el mundo aguarda por el anuncio del nuevo pontífice, dentro del Vaticano se vive un proceso marcado por el sigilo, la oración… y una dieta sobria, pero cuidadosamente supervisada.
