POR ANDRÉS VILLEGAS MENDOZA
A veces la política se mide en números: cuántos apoyos, cuántas obras, cuántos eventos.Pero hay días en los que se mide en algo mucho más simple… en miradas.
Esta semana estuve con una familia que no necesitaba promesas, necesitaba respuesta. De esas situaciones donde el problema no puede esperar a que “se gestione”, porque ya está pasando hoy, porque se siente en la casa, en la preocupación, en el silencio.
Y ahí es donde uno entiende que este trabajo no es de discurso, es de responsabilidad.
Desde donde estoy, no todo es inmediato. No todo depende de una sola decisión. Pero sí hay algo que siempre está en nuestras manos: no ser indiferentes. No voltear la cara. No acostumbrarnos al problema.
Porque cuando alguien se acerca, no lo hace por gusto. Llega después de haber intentado todo. Llega cuando ya tocó varias puertas y ninguna se abrió.
Y entonces lo mínimo que se espera es que alguien sí escuche… y actúe.
Ayudar no siempre significa resolver todo en un instante. A veces significa acompañar, insistir, gestionar, empujar hasta que las cosas empiecen a moverse. Y eso también es hacer que las cosas cambien.
No todo lo que hacemos se ve. No todo se publica. Pero sí tiene impacto.
Porque al final, esta posición no se trata de estar, se trata de servir. De usar cada espacio, cada gestión y cada decisión para que a alguien le vaya un poco mejor.
Menos discurso. Más cercanía. Más resultados reales.
Porque cuando la política se hace con el corazón, siempre hay razones para creer que las cosas pueden cambiar.
