PUEBLA HOY / POR FERNANDO HOYOS
El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) no creció: se expandió.
Y lo hizo como si vendiera franquicias.
Durante años, su estructura operó con una lógica empresarial: células autónomas, control territorial, diversificación de “mercados” y expansión internacional. Según reportes de la DEA, llegó a tener presencia en más de 60 países.
No solo dominaba los 32 estados de México.
También extendió tentáculos en al menos 50 entidades de Estados Unidos, además de Europa, Sudáfrica, Asia y hasta Oceanía.
Su líder, Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, fue señalado como uno de los capos más poderosos del planeta.
Documentos clasificados de la agencia antidrogas estadounidense lo colocaban —solo por debajo de la mafia rusa y las tríadas chinas— como cabeza de la tercera organización criminal más peligrosa del mundo.
El gobierno de Estados Unidos ofrecía 15 millones de dólares por información que condujera a su captura. Era el objetivo prioritario.
La fortuna atribuida al capo superaba los mil millones de dólares.
Inversiones en marcas de tequila, hoteles, restaurantes, criptomonedas, lingotes de oro, relojes de lujo y hasta una exótica colección de tigres de Bengala formaban parte del entramado financiero que, según autoridades estadounidenses, sostenía su imperio.
Pero ningún imperio es eterno.
De acuerdo con información publicada por The Washington Post, un grupo especial de inteligencia del Ejército de Estados Unidos, enfocado en el combate a los cárteles, colaboró en el operativo donde fue abatido Oseguera Cervantes.
La unidad, bajo supervisión del Comando Norte y conocida como Fuerza de Tarea Interinstitucional Conjunta Anticártel (JIATF-CC), habría sido pieza clave en la acción que también dejó otros siete integrantes del CJNG sin vida.
Si estos reportes se confirman, el golpe marcaría un punto de inflexión en la guerra contra el narcotráfico.
La historia del Mencho no comenzó en la cúspide.
Originario de Aguililla, Michoacán, nacido en julio de 1966, primero operó bajo las siglas del Cártel de Sinaloa. Tras la muerte de Ignacio Coronel Villarreal en 2010, rompió filas y entre 2010 y 2011 consolidó su propia estructura criminal.
Aprovechó el vacío de poder.
Y lo hizo con rapidez quirúrgica.
Mientras otros cárteles se fragmentaban —como los Beltrán Leyva— el CJNG creció. Extendió su red como si replicara un modelo probado en cada plaza conquistada.
El Mencho aprendió de los errores de los capos caídos.
Se volvió invisible.
Solo existe una fotografía pública suya, tomada hace más de dos décadas. Su anonimato fue parte de su estrategia de supervivencia.
Coincidentemente, a partir de 2018, año en que llego al poder López obrador, la organización alcanzó su máxima expansión. Perfeccionó esquemas de lavado de dinero y modernizó sus métodos operativos.
Hoy, el CJNG es considerado uno de los grupos más violentos del país. Ha utilizado drones con explosivos y sofisticados sistemas logísticos para el trasiego de cocaína, metanfetamina y heroína mezclada con fentanilo hacia Estados Unidos.
La agencia antidrogas lo responsabiliza de toneladas de droga traficadas y de una estela de violencia que ha costado miles de vidas.
El modelo de “franquicia criminal” deja una lección inquietante: cuando el crimen organizado adopta lógica empresarial, su capacidad de expansión se multiplica.
La caída de un líder no desmantela automáticamente la estructura.
El verdadero desafío no es abatir a un capo.
Es desmontar el sistema que lo hizo posible.
Y esa es una tarea pendiente del gobierno de México.
