SANTA CLARA, CALIFORNIA – FEBRUARY 08: Bad Bunny performs onstage during the Apple Music Super Bowl LX Halftime Show at Levi’s Stadium on February 08, 2026 in Santa Clara, California. (Photo by Neilson Barnard/Getty Images)
PUEBLA HOY / POR FERNANDO HOYOS
En el país que hoy criminaliza a los migrantes latinos, un artista decidió no pedir permiso para existir.
Frente a más de 130 millones de espectadores que vieron hace una semana el Super Bowl, Bad Bunny convirtió el espectáculo más visto de la televisión estadounidense en un acto de resistencia cultural.
No fue un discurso.
No fue una consigna.
Fueron 12 minutos de música, baile y símbolos que lo dijeron todo.
Durante décadas, el rock ocupó ese lugar incómodo frente al poder. También en México, con El Tri y Molotov, cuando la música no pedía autorización para incomodar.
Hoy ese relevo lo toma un puertorriqueño que canta en español, que pertenece a Estados Unidos y que decidió hablarle al mundo desde el idioma del corazón, no desde la traducción.
En una nación donde perseguir migrantes parece haberse convertido en trofeo político para el ICE, el mensaje fue claro: aquí estamos y no vamos a escondernos.
Bad Bunny no tradujo su letra. No pidió disculpas. No suavizó su identidad. En el escenario más poderoso del entretenimiento global, el español fue lengua central, no subtítulo.
La presencia de artistas anglosajones como Lady Gaga evidenció otro matiz: incluso dentro de Estados Unidos hay quienes rechazan el discurso del odio y las políticas excluyentes.
Durante décadas, la cultura latina fue relegada a los márgenes.
Esta vez ocupó el centro del espectáculo más rentable del planeta.
El medio tiempo del Super Bowl dejó de ser un simple show para convertirse en declaración cultural. La NFL quedó atrapada en la polarización. Y el artista latino dejó de ser invitado exótico para asumir el papel protagónico.
Pero Bad Bunny eligió un guion distinto.
En lugar de la confrontación frontal, habló desde una frase poderosa: el amor es más fuerte que el odio. En un país fracturado, ese mensaje pesa.
No renunció a sus raíces. Las celebró.
No gritó revancha. Propuso dignidad.
La música popular recuperó, por una noche, su dimensión política. Porque las protestas no siempre se gritan: a veces se bailan. A veces se corean. A veces se transmiten en cadena global.
La rebeldía ya no proviene del centro anglosajón. Nace desde la comunidad latina. Desde quienes durante años fueron considerados minoría y hoy son mayoría cultural.
Cuando la música vuelve a ser política, la política está obligada a escuchar.
Y mientras las políticas antimigrantes comienzan a pasar factura electoral al Partido Republicano en estados como Texas, Florida y Luisiana —antes bastiones de Donald Trump— el mensaje cultural se adelanta al mensaje en las urnas.
Lo ocurrido no fue entretenimiento.
Fue advertencia.
Porque cuando el español se canta sin miedo frente al poder, deja de ser idioma extranjero y se convierte en territorio conquistado.
Gracias y si Dios nos deja nos vemos, cuando los leamos…
